No suelo olvidar las caras aunque muchas veces no recuerde el nombre o las circunstancias que acompañan al rostro recordado. Esto que parece un uso óptimo de la capacidad retentiva es en realidad un inconveniente, ya que se me quedan en algún lugar de la memoria muchas caras sin nombre, ni recuerdos, casi como fantasmas.
De la gente que más quiero, o que más me importa, o que más he tratado, o que menos indiferencia me causan, o menos inadvertidas pasan a mi lado, nunca olvido las manos. Las manos expresan más que los rostros o las miradas porque las manos no pueden mentir. Llevan en cada arruga, en cada pliegue, pruebas de su trabajo diario, de su origen, de las caricias que han dado y de las que han recibido. Cuando alguien habla con énfasis gesticula y sus manos nos hablan más que sus palabras. Si alguien me habla escondiendo las manos o no es importante lo que dice, o no se lo cree, o no me lo creo.
También recuerdo y observo la forma de caminar de la gente. Quizás por que durante mucho tiempo fui miope, no llevaba las gafas, y reconocía a la gente desde lejos por la forma de andar ya que la vista no me alcanzaba el rostro.
Así que seguramente si te conozco olvidaré tu nombre, olvidaré por que nos conocimos, pero recordare tu cara, tus manos y tu forma de andar.
Me encanta leerte…
A veces somos esclavos de nuestros nombres. Tal vez sea mejor olvidarlos y guardar en nuestra memoria eso, retazos que son en definitiva los que conforman el “collage” de la vida. Interesante reflexión y saludos
Yo también me fijo mucho en las manos de las personas, me gustan las manos. Y como miope que soy, confirmo lo que dices, cuando uno no logra distinguir bien la cara de una persona, cualquier detalle ayuda: la forma de andar, el estilo de vestir, etc.