Bolivia, tomando el sol desde el otro lado de la ventana, me mira con ironía mientras se estira perezosa. Sigue su ritual de felina sabia y hermosa, elegante y altanera.
La gata de mi vecino toma el sol en su terraza. En la radio Louis Armstrong toca la trompeta y cuando empieza a cantar The dummy song, Bolivia decide marcharse y tras una mirada arrogante se escapa por los tejados. Sale en busca de otro lugar más cálido donde seguir dormitando, libre de la mirada indiscreta de su vecina, o quizás donde encontrarse con ese gato de sus amores que la ha dejado preñada, para la desesperación de su dueño y su alegría de hembra cumpliendo con el instinto más viejo del mundo.
Bolivia con su vientre hinchado y pleno, tendrá a su camada y la protegerá como una leona, para que la vida continué y se perpetué su especie. Bolivia fecunda y fértil cumple con el ciclo de la existencia.
Al otro lado, en la otra ventana vive Lola. Una anciana rodeada de muñecas y con un marido al que cuida como a un niño. Todos los días le prepara la ropa que ha de ponerse, le hace la comida y busca en el mercado el filete más grande, el tomate más rojo…
Lola no ha tenido hijos y ya ronda los ochenta años. Es chocante verla con sus muñecas, cambiándoles la ropa, peinándolas y sentándolas todas juntas en el sofá de su casa. No lo hace arrastrada por una locura senil, lleva haciéndolo años. Lo hace por una pérdida, por la pérdida de los hijos que no tuvo nunca. Por ese vacío que se le quedo en el cuerpo y que no sabe como llenar, por mucho amor, ternura y cuidados que le dedique a Ramón, su marido, un viejo gruñón, mandón y desagradecido. La vieja Lola y sus hijos no nacidos, que la persiguen en sus sueños pero que no han querido venir al mundo. Que tienen la cara de sus sobrinos y los nombres que ella eligió cuando aún mantenía la esperanza, hace tiempo perdida, de que llegarán a existir.
Se parecen la gata y la anciana. Se parecen en su instinto de dar vida, pero la última sabe que ya no lo hará, se plantea el sentido de su existencia y solo lo responde en el otro, el que la ha acompañado todos los días, todas las noches y que le recuerda que sin ella no habría podido vivir.
Detrás de cada ventana hay una historia o mil historias. Debajo de las persianas se esconden deseos, pasiones, instintos frustrados o realizados. La historia de Lola estará repetida hasta el infinito, porque nada es único, ni individual. Los dolores del alma nos igualan y se repiten a lo largo de la historia en cientos de vientres vacíos. Detrás de cada ventana hay miles de cuentos largos como el tiempo.
Dicen que “mal de muchos, consuelo de tontos”, pero a mí, el saber que el cuento o la historia que hay detrás de mi ventana no es única me alivia un poco. Es única la forma de vivirla, de sobrellevarla, de padecerla o superarla, porque cada uno es distinto, pero el pensar que otros han pasado o están pasando por lo mismo y siguen adelante, me da ánimos. Hay quien colecciona y viste muñecas, quien aprende ofimática, quien le da al punto de cruz, a la fotografía, o al buceo… La cuestión es llenar huecos y seguir adelante.
Hola Ana, llevo leyendo tu blog desde el principio, aunque esta es la primera vez que te esribo. A veces me enuentro triste, otras veces sin motivo aparente me despierto llena de optimismo, es lo que cuentas en tu historia que detras de cada ventana hay una historia, unas vidas, unas ilusiones, que muchas veces no tiene nada que ver con lo que reflejamos fuera de esos cristales. No sabemos porque a cada uno nos toca vivir una vida que muchas veces partes de esa vida no nos es grata y no es la que habíamos soñado. Por el camino conocemos a gente maravillosa así como gente que no merece ni nuestro desvelo, situaciones que nos gustaría que no terminaran jamás y otras que deseas con toda tu alma que jamás hubieran aparecido, pero todo eso esta ahí, y por mucho que nos empeñemos en cambiarlo seguirá ahí.
Soy una optimista hasta la saciedad aunque si pongo en la balanza mis situaciones o mi gente seguro que pesaria más lo que no me gusta, pero lucho y lucho todos los días por esos buenos ratitos, por esas buenas personas; asiesque Ana no te rindas, no te rindas jamás, siempre habrá alguna manera y si no la hay te la inventas.
Muchos besos, y volvemos ha hablar el 13 del mes que viene.
Me recuerda a algo esta historia.
http://elcrisoldelalquimista.wordpress.com/2007/12/12/la-espera/
Espero. Estoy seguro, que tu ventana sea también una puerta para que entre la luz del sol. Recuerdo a ese personaje de “La ventana indiscreta”, que “vivía la vida de otros” en detrimento de la suya propia.
Saluda a Lola, y a Bolivia, regalalé una buena cena. Ambas, creo, te lo agradecerán.
Todos los ojos esconden una historia, todas las ventanas otra… Los ojos son las ventanas del alma, y las ventanas son los ojos al mundo.
Hola Ana, el otro dia estaba releyendo el libro de Milan Kundera, “La vida esta en otra parte”, no es ni mi libro favorito ni tampoco el que menos me ha gustado. Me gusta mucho por que hay un momento en el que te identificas, con ese personaje que no termina de encontrar su sitio en el mundo, siempre esta mirando la vida de los otros y con ello se pierde la suya, es como si la de los demas fuera la buena y la suya estubiera por llegar, pero nunca llega. En cierta medida somos nosotros los que hemos de propiciar esa llegada de la vida, y no necesariamente no la tienen que traer los hijos. Es dificil, reencontrar el camino, pues a veces nos perdemos un poquito…Mira todo lo que tienes dentro de tu ventana y disfrutalo, pues nunca se tiene el mismo momento dos veces…o si? un besazo de una que busca su camino