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Recuerdos borrosos

La historia, con minúsculas, siempre tiene un comienzo indefinido, que se pierde a lo largo del tiempo. Al intentar encontrar ese principio era incapaz de recordarlo.

Suele ocurrir que las cosas más importantes nos parecen irrelevantes cuando empiezan a suceder y sólo una vez transcurridas adquieren la naturaleza de graves, de piezas clave de nuestra historia particular. 

Intentaba escarbar entre sus primeros recuerdos, buscando el primer olor, la primera caricia, el primer dolor, el inicio del miedo, de la culpabilidad, del razonamiento que hace perder la espontaneidad a los actos. El momento en el que las acciones humanas dejan de ser instintivas, naturales, reales, cuando se someten al examen de las consecuencias, de los antecedentes, cuando por ello se convierten en humanas.

Le admiraba la capacidad de otros para recordar toda su infancia, todos sus días de niños, juegos, risas, aventuras…Su infancia era una imagen difusa, casi olvidada. Sabía que fue una infancia feliz, pero no la recordaba apenas. Ni siquiera era capaz de ver su cara de niña, su cuerpo de niña. Cerraba los ojos buscando esa niña que una vez fue, pero sólo recordaba las imágenes de las fotografías que guardaba su madre, las historias que te cuentan que protagonizaste de niño sin el recuerdo real de haberlas vivido.

Si no podía recordar su infancia, si recordaba esa otra época, la adolescencia, aunque no era capaz de saber cuando empezó, ni cuanto duro, y presentía que poco a poco también esos recuerdos perecerían convertidos en otra imagen desdibujada, otra vida olvidada e irreal, que no le parecería vivida sino tal vez leída o contada por un extraño.

Así, al haber olvidado el inicio, ha borrado la relación progresiva entre pasado, presente y futuro. Anulada la temporalidad, se concentra todo en el instante presente, en el “ya” fugaz e inocuo. Sin querer había hecho desaparecer el tiempo.  

Ha desaparecido y he notado su ausencia. Pensaba que podría pasar sin su verbo sincero, sin su decir calmado, sin sus letras, a veces tristes, pero siempre valientes.

¿Dónde están sus poesías? ¿Dónde sus textos? ¿Qué ha sido del éter y las ensoñaciones?, ¿Ha dejado la alquimia?, ¿Ya no busca la piedra filosofal o ha marchado a otro sitio donde quizás la encuentre?

Echaré de menos sus fotografías y la magia que creaba en su espacio. Era un puerto seguro, un buen refugio para caminantes insomnes, un aliado contra los malos vientos. Casi, casi un amigo porque compartía pensamientos, sentimientos y temores. Como los buenos libros, como la gente buena.

No se si transmutaría otros metales en oro pero transformaba muy bien los pensamientos en palabras bellas, capturando ideas y reflejando inquietudes. Me gustaban su mapa y su quimera.

Espero que no le pesen demasiado las ataduras, estas son irremediables y es mejor acostumbrase a ellas, no siempre son malas. Espero que no le enturbie la mirada la tristeza. Espero que haga un largo y provechoso viaje y poder volver a cruzármelo alguna vez en el camino.

Trapecista con red

Hace frío. Por la calle no pasa un alma .Dentro de la casa  nadie habla. Pasan la tarde sentados frente al televisor, abrazados a una manta, mirando por una ventana que deforma la realidad, no sabré nunca a gusto de quien.

 

Así pasa una tarde de domingo en esa casa de ese pueblo, que es como tantas casas de tantos pueblos. El verdadero paso del tiempo se mide ahí, en esas tardes de domingo repetidas, con el frío fuera, el ruido del televisor, y el calor de la compañía.

 

   De esa compañía que hace agradables los silencios, casi como caricias de respeto. Porque estás con alguien que respira a tu lado, que te toca las manos y no hace falta que te diga nada, solo que esté ahí para que la tarde discurra plácida y feliz. Sin necesidad de nada más, sin palabras, con sonrisas. Sin hacer nada., sin decir nada.

 

Sólo la presencia tranquila y  el cuerpo acomodado junto al otro. La seguridad de sentirse querido y arropado. La tranquilidad del abrazo amigo, de la complicidad, del cariño sin excesos ni opulencias, porque sobran, porque no son necesarias ni queridas. Los silencios tan denostados son el mejor refugio cuando la compañía es auténtica, real y tangible.

 

El es así, es mi silencio querido, mi complemento. Un sillón orejero donde reclinarme cuando estoy cansada. Una red  protectora y permanente que me cubre y hace que no sienta miedo a las caídas, que no le tema al vacío porque a su lado no existe, porque se que él me recoge, me reconforta y me quiere.

Bolivia, tomando el sol desde el otro lado de la ventana, me mira con ironía mientras se estira perezosa. Sigue su ritual de felina sabia y hermosa, elegante y altanera.

 

La gata de mi vecino toma el sol en su terraza. En la radio Louis Armstrong toca la trompeta y cuando empieza a cantar The dummy song, Bolivia decide marcharse y tras una mirada arrogante se escapa por los tejados. Sale en busca de otro lugar más cálido donde seguir dormitando, libre de la mirada indiscreta de su vecina, o quizás donde encontrarse con ese gato de sus amores que la ha dejado preñada, para la desesperación de su dueño y su alegría de hembra cumpliendo con el instinto más viejo del mundo.

 

Bolivia con su vientre hinchado y pleno, tendrá a su camada y la protegerá como una leona, para que la vida continué  y se perpetué su especie. Bolivia fecunda y fértil cumple con el ciclo de la existencia.  

Al otro lado, en la otra ventana vive Lola. Una anciana rodeada de muñecas y con un marido al que cuida como a un niño. Todos los días le prepara la ropa que ha de ponerse, le hace la comida y busca en el mercado el filete más grande, el tomate más rojo…

 

Lola no ha tenido hijos y ya ronda los ochenta años. Es chocante verla con sus muñecas, cambiándoles la ropa, peinándolas y sentándolas todas juntas en el sofá de su casa. No lo hace arrastrada por una locura senil, lleva haciéndolo años. Lo hace por una pérdida, por la pérdida de los hijos que no tuvo nunca. Por ese vacío que se le quedo en el cuerpo y que no sabe como llenar, por mucho amor, ternura y cuidados que le dedique a Ramón, su marido, un viejo gruñón, mandón y desagradecido. La vieja Lola y sus hijos no nacidos, que la persiguen en sus sueños pero que no han querido venir al mundo. Que tienen la cara de sus sobrinos y los nombres que ella eligió cuando aún mantenía la esperanza, hace tiempo perdida, de que llegarán a existir.

 

Se parecen la gata y la anciana. Se parecen en su instinto de dar vida, pero la última sabe que ya no lo hará, se plantea el sentido de su existencia y solo lo responde en el otro, el que la ha acompañado todos los días, todas las noches y que le recuerda que sin ella no habría podido vivir.

 

Detrás de cada ventana hay una historia o mil historias. Debajo de las persianas se esconden deseos, pasiones, instintos frustrados o realizados. La historia de Lola estará repetida hasta el infinito, porque nada es único, ni individual. Los dolores del alma nos igualan y se repiten a lo largo de la historia en cientos de vientres vacíos. Detrás de cada ventana hay miles de cuentos largos como el tiempo.       

El viento no aúlla sino que grita desconsoladamente entre lo árboles y me impide dormir. Parece que la casa entera se tambalee a su compás absurdo. Creo que los muebles van a salir volando detrás de los caprichos de estas corrientes grises y furiosas. Preferiría la lluvia o una tormenta eléctrica antes que estos aires descontrolados y frenéticos.

 

Dicen que el clima nos afecta de un modo u otro. A mi este viento me produce dolor de cabeza, quizás a alguien le calme o le relaje ya que las sensaciones ambientales son siempre diferentes según quien las valore.

 

Voy a tratar de hipnotizarme un rato, pensar en un día primaveral, una terraza al sol de media tarde, sombrillas de colores, árboles en calma, una brisa tranquila, y un buen libro. En lugar de una noche imposible en la que no concilio el sueño, y no encuentro la postura adecuada para poder dormir.

 

Es un ejercicio de imaginación que me ha ayudado muchas veces. Ante una situación que me disgusta sueño estar en otro sitio o con otras personas, y como siempre he tenido esa capacidad de abstracción, muchas veces lo consigo y estoy mitad en la realidad, mitad en otro lugar donde me encuentro más cómoda. El ejercicio en si es sencillo y sólo es necesario un poco de imaginación  El problema es que el aire me persigue y acaba de desbaratar el cuento, ha levantado las mesas de la terraza que estaba al sol, el camarero trata de cerrar las sombrillas, pero todo vuela a su alrededor, las hojas de los árboles parecen pájaros levantadas por el viento y las hojas de mi libro también vuelan y se unen a ellas en una danza disparatada.

 

El viento me ha ganado la partida, se ha colado en mi sueño y se ha impuesto diciéndome al oído que no puedo escapar, que tendré que dejarle rugir y  arrastrarme con el hacia el sueño o esperar a que decida calmarse  y entonces, cuando deje de soplar, poder dormir y a lo mejor soñar otro clima más amable.

Juegos de la memoria

No suelo olvidar las caras aunque muchas veces no recuerde el nombre o las circunstancias que acompañan al rostro recordado. Esto que parece un uso óptimo de la capacidad retentiva es en realidad un inconveniente, ya que se me quedan en algún lugar de la memoria muchas caras sin nombre, ni recuerdos, casi como fantasmas. 

De la gente que más quiero, o que más me importa, o que más he tratado, o que menos  indiferencia me causan, o menos inadvertidas pasan a mi lado, nunca olvido las manos. Las manos expresan más que los rostros o las miradas porque las manos no pueden mentir. Llevan en cada arruga, en cada pliegue, pruebas de su trabajo diario, de su origen, de las caricias que han dado y de las que han recibido. Cuando alguien habla con énfasis gesticula y sus manos nos hablan más que sus palabras. Si alguien me habla escondiendo las manos o no es importante lo que dice, o no se lo cree, o no me lo creo. 

También  recuerdo y observo la forma de caminar de la gente. Quizás por que durante mucho tiempo fui miope, no llevaba las gafas,  y reconocía a la gente desde lejos por la forma de andar ya que la vista no me alcanzaba el rostro. 

Así que seguramente si te conozco olvidaré tu nombre, olvidaré por que nos conocimos, pero recordare tu cara, tus manos y tu forma de andar.

Miedos necesarios

Dicen que el miedo es el peor enemigo, pero yo creo que es un mal necesario. Siempre ha existido y acompañado al hombre desde el terror atávico al enfado de los dioses. Si quieres saber de verdad quien es alguien pregúntale cual es su temor más profundo.

Hay terrores comunes, el miedo al dolor, al desamparo. Éstos son necesarios ya que nos ayudan a protegernos y a no correr demasiados riesgos de los que podríamos salir mal parados.

Otros se manifiestan sólo en algunas personas, como el miedo a la soledad, al ridículo o al rechazo. Son éstos últimos, temores inteligentes que nos ayudan a formar parte del entorno social en el que hemos de movernos. A veces es un error vencerlos y es mejor que nos dominen para así mantenernos en el escenario resguardado y amable de la “normalidad”.

El miedo a mostrarnos del todo nos permite adaptarnos mejor a las circunstancias, pero a veces, sin quererlo, se entreabre una puerta por la que se escapa una frase, un pensamiento, o un gesto que no debería haber salido. Un gesto que normalmente se habría reprimido, una confidencia que no debería haberse hecho. Entonces el miedo se hace presente porque algo que nadie debería haber visto queda al descubierto.

Yo creo que el pensamiento es libre, que lo que en cada conciencia se genera y alimenta no debe ser juzgado ya que no sale al mundo y no puede perjudicar a nadie. Alguien me dijo lo contrario el otro día, pero no son los pensamientos lo que se debe coartar si no esos gestos de los que antes hablaba. Gestos que pueden escaparse y dejarnos desnudos.

Así que quizás no todos los miedos son malos, los miedos sociales nos resguardan, los miedos primarios(al hambre, a la enfermedad,) nos protegen y los otros, los terrores inconfesables, son los que nos hacen como somos.